1. ¿Ves la suela blanquecina o «seca»?
Si la base de tu esquí ha perdido su color negro brillante y se ve grisácea o con zonas blancas, la cera ha desaparecido. Una suela seca no solo desliza menos, sino que se vuelve vulnerable a las abrasiones y se degrada más rápido.
2. El «test de la uña» en los cantos
Pasa suavemente la uña por el canto metálico. Si no raspa un poquito o notas irregularidades (rebarbas), tus cantos han perdido el filo. Unos cantos romos significan falta de agarre en nieve dura y, por tanto, menos control en los giros.
3. Arañazos y «coqueaduras» visibles
Incluso los rayones más pequeños pueden frenar el esquí. Si ves surcos profundos que dejan ver el material interno, la humedad podría llegar al núcleo de madera y arruinar el esquí para siempre. ¡Reparar a tiempo ahorra dinero!
4. Falta de maniobrabilidad
Si sientes que el esquí «se engancha» o que te cuesta más esfuerzo del habitual iniciar el giro, probablemente la estructura de la suela esté sucia o los cantos tengan un ángulo incorrecto.
5. ¿Cuánto tiempo llevan guardados?
Si tus esquís han estado en el trastero desde la temporada pasada sin una capa de cera protectora, es muy probable que los cantos se hayan oxidado y la suela esté completamente deshidratada.